Así era la madrugada de aquel primer día de la Semana. Los amigos de Jesús reaccionan de diferentes maneras ante la tragedia de su Maestro que ya no está. Los sentimientos más encontrados golpean a la puerta de sus corazones: ¿nos ha prometido que no nos abandonará?, ¿nos ha dicho que Él es la Vida y la Resurrección?, ¿es el Señor y ahora atrapado por la muerte?, ¿seguirlo ha sido sólo una ilusión?

Son las mujeres que superan el miedo y la noche; fieles al “hoy” de la sepultura reciente, en el acto del último servicio a Jesús, van a ungir su cuerpo martirizado... Y son ellas las que recibirán la noticia jamás oída: ¡Él ha resucitado! Son ellas las que despertarán a los Doce y por fin se dejarán encontrar por el Resucitado.

¡Qué gozo recorrer estos pasos de las mujeres y de los apóstoles, de los dos de Emaús… y como ellos dejarnos encontrar por Cristo Resucitado!

Nuestra vocación de nuevos apóstoles parte de esta experiencia de Cristo vivo.

En este momento de la historia, la enfermedad y la muerte nos están visitando de manera tan cercana. Pensamos en nuestras hermanas, sus familiares, nuestros colaboradores y sus familias, los familiares de nuestros alumnos, amigos; pensamos en la familia claretiana, en las congregaciones amigas,…; pensamos en quienes han dado la vida sirviendo en primera línea de batalla contra el virus; pensamos en tantos que han sido testigos de incontables casos, de la batalla con la muerte. Ante ello, hagamos como una convocación virtual y encaminemos nuestros desconciertos, búsquedas y dolores hacia la TUMBA VACÍA.

Encontraremos allí a uno o dos ángeles, que nos invitarán una vez más a creer: ¡ha resucitado, la muerte no tiene la última palabra! Llevemos esta esperanza donde estemos, donde lleguen nuestros mensajes y sonrisas.  Acompañemos, hagamos comunidad, abierta “conectada”. Que nadie se sienta solo en estos días.

Decía la madre Fundadora a la comunidad de Cuba: “sin Iglesia y sin nada, contentas como una Pascua” (Carta 71). Como ellas, aunque en otro contexto, estamos viviendo una Iglesia hecha comunidad, hecha santuario por la presencia resucitada de Cristo, perdonada y reconciliada.

Deseo a cada una, a todos los que comparten nuestra vida y misión, con las palabras de la Madre Fundadora: “EL Señor les conceda unas felices Pascuas de Resurrección, y que todas hayan resucitado con ÉL a nueva vida de gracia imitando las virtudes que estos días hemos meditado al pie de la Cruz.” (Carta 269)

Junto con todo el equipo general, un abrazo fuerte, Jolanta

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