Lava los pies Ha sido un día, ha ido naciendo una inquietud incontenible, ha habido una invitación, una necesidad a la que atender no sólo temporalmente... Sí, en algún momento, hemos sentido que se ponía en marcha en nosotros una búsqueda, algo como: ¿qué quieres de mí Señor? Ha tomado su tiempo para reconocerla como llamada a seguir a Jesús, de por vida. Por otro lado sabemos también que este camino ‘histórico’ no comenzó así, y puede ser que necesitemos aún más tiempo para comprenderlo de lleno. Esta realidad nació en el seno de la Trinidad pues antes de la creación del mundo Dios nos ha llamado (cf. Ga 1, 15). Nuestra respuesta a esta llamada ha sido posible gracias a una misteriosa unión al sí único y constante del Hijo (“sin mí no podéis hacer nada”).

Con la consagración acogimos la llamada y nos hemos puesto en camino, el de Jesús, a recorrer su misma suerte, con sus mismos sentimientos y opciones hasta el final.

La actitud de fondo es la melodía de las entrañas; las notas armónicas suenan algo como: ¿qué quieres Padre que yo haga?; heme aquí Padre; sí, Padre; hágase... Esta música tiene una fuerza vocacional tremenda. Mantiene la vivencia vocacional joven a pesar de los años. Resuena en la oración, la contemplación, da tono a la disponibilidad. Nos mantiene ágiles, cerca del corazón de la humanidad.

¡Demos gracias a Dios por las personas consagradas ... y oremos por ellas, ... y por nuevas llamadas!

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